[Reseña escrita el 12 de noviembre del 2013]
La destacada historiadora mexicana Eugenia Meyer tituló así la ponencia expuesta en la Conferencia Internacional de Historia Oral que se desarrolló en la Universidad de Columbia (Nueva York) entre el 18 y 23 de octubre de 1994.
En
la exposición realizó un balance sobre el desempeño de la Historia Oral y cómo
esta se desenvolvía en América Latina destacando las temáticas que hasta ese
momento se estudiaban. Después de su lectura elaboro las siguientes reflexiones
y ensayo propuestas de temas a investigar desde esta, aún novedosa (en nuestro
medio académico), metodología de la ciencia histórica. La concepción
tradicional-positivista del siglo XIX estuvo muy arraigada en los historiadores
buena cantidad de décadas del siglo XX; esta priorizaba una historia de grandes
acontecimientos, las biografías de grandes personajes – de las clases
dominantes – y el estudio del Poder que ejercían en determinadas épocas. En el
aspecto metodológico, santificaba (y santifica) el documento escrito como única
fuente de información válida y que había que transcribir literalmente el
contenido para alcanzar la ansiada “objetividad”. Tales presupuestos han sido
notablemente cuestionados y superados desde el Materialismo Histórico y la
escuela de Annales en el siglo XX. En las universidades
peruanas esta concepción estuvo muy arraigada hasta no hace muchos años atrás e
incluso me atrevo a decir que actualmente existen rezagos. Hoy las
investigaciones pueden ser muy novedosas en cuanto a las problemáticas tratadas,
pero en lo metodológico sobrevive la descripción y el relato tal cual de las
fuentes. Aún se sigue aceptando la dictadura de las fuentes escritas, pues
imponen la investigación a realizar puesto que la hacen “viable”.
Las
décadas del sesenta y setenta significaron una renovación de las formas de
hacer historia (Burke), la ciencia histórica vivió grandes cambios, siendo
algunos de ellos la ampliación de sus materias primas y la amplitud de sus
temáticas como, por ejemplo, la introducción de la vida cotidiana y su
problematización vinculado a los procesos de larga duración. A todo ese
movimiento se le denominó Nueva Historia.
La
Historia Oral es parte de esa Nueva Historia. Ella nació en los sesenta y se
desarrolló en los setenta como una forma de activismo político, se convirtió en
una forma de investigación militante, nos dice la historiadora Meyer. Se ha
dado a las clases populares el sitio que les corresponde: los obreros, los
campesinos, la pequeña burguesía y a todos aquellos sujetos anónimos casi
inexistentes para la historiografía tradicional. Fueron valorados como
protagonistas de la historia. Sus recuerdos expresados en testimonios orales
fueron rescatados, pues las clases populares por lo general no dejan registro
escrito de sus vidas, de sus luchas y sentimientos. La Historia Oral buscó y
sigue buscando una Historia Total.
Su
principal interés es el conocimiento de la “historia próxima” – también llamada
“historia reciente” – por ello la preocupación de proveerse de diversas fuentes
y entre ellas los testimonios de las personas que vivieron directa o
indirectamente determinados acontecimientos. La Historia Oral está muy
relacionada a la Historia Social. Esta realizó la historia de los sindicatos
teniendo como objetivo desarrollar en los trabajadores entrevistados conciencia
histórica-política y que se reconozcan como sujetos de cambio. En el caso de la
República Argentina podemos encontrar investigaciones de este tipo,
especialmente los desarrollados por Pablo Pozzi.
En
América Latina la memoria colectiva es una fuente para escribir los episodios
tal vez más duros y complejos de la historia social y política, como las
dictaduras militares, la violencia política. En Perú, por ejemplo, el conflicto
armado interno ha sido estudiado de una manera unilateral, no se han escuchado
todas las voces, al sector vencido se le ha ignorado intencionalmente, ha sido
condenado a un silencio total de dar su versión de los motivos de su alzamiento
en armas. Esas voces del pasado (Joutard) vivas en el presente deben ser
recobradas, estudiadas y tal proceso debe ser reinterpretado, pues se debe
incluir a todos los actores del hecho político más estremecedor de nuestra
historia republicana.
En
América Latina la Historia Oral no trata sólo hacer la historia de los
“marginados” (conceptualización que se tenía de las clases populares hace
décadas); el nuevo rostro de las ciudades latinoamericanas y la población
urbana necesita ser escuchada ya que ella preserva orígenes y afianza
identidades. Aquí la antropología y la Historia Oral deben marchar juntas para
alcanzar un conocimiento lo más objetivo posible (pues lo subjetivo está
presente en todo acto). Los barrios de las ciudades, los ex conos de Lima
formados en un contexto de migraciones de mediados del siglo XX son estudiados
por la antropología y la sociología. Pero ya no son los únicos que se dedican a
ello, ya son varios los historiadores que se atreven a investigar historias
urbanas como la de San Martín de Porres, San Juan de Miraflores, entre otras.
Actualmente
la historia oral es aceptada, válida en el quehacer del historiador. Se ha
ganado el derecho a participar en eventos internacionales. Aquí en el Perú
falta impulsarlo y desarrollarlo. En San Marcos una generación de jóvenes
investigadores, estudiantes y egresados, se han interesado por la historia
reciente y desde luego por la metodología que ha dado frutos en otras partes de
América Latina.
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